Un modelo que durante años no se cuestionó
Durante mucho tiempo, los cajeros automáticos formaron parte del paisaje cotidiano sin generar mayores preguntas. Su presencia se daba por sentada y su funcionamiento era visto como un componente estable de la infraestructura bancaria.
Sin embargo, en los últimos años esa aparente estabilidad ha empezado a erosionarse. Mantener una red de cajeros se ha vuelto progresivamente más complejo desde el punto de vista económico, justo en un momento en el que el efectivo continúa siendo un medio de pago relevante para amplios sectores de la población.
Las instituciones financieras se encuentran así en una situación ambigua. Por un lado, los costos asociados a la operación de los cajeros aumentan de forma sostenida. Por otro, los ingresos derivados de su uso no crecen al mismo ritmo.
A esta tensión se suma una expectativa social y regulatoria cada vez más clara: el acceso al efectivo no puede reducirse sin consecuencias, especialmente en contextos donde la digitalización avanza de manera desigual.
La presión económica detrás de la operación
El análisis puramente operativo de los cajeros, centrado en su rentabilidad inmediata, resulta hoy insuficiente para explicar el problema en su totalidad. La estructura de costos de un cajero automático es amplia y está expuesta a múltiples presiones externas. El transporte de valores, el mantenimiento técnico, la seguridad, la conectividad y la energía representan gastos que se han incrementado con el tiempo, impulsados tanto por la inflación como por mayores exigencias operativas y regulatorias.
Al mismo tiempo, las comisiones que compensan el uso de cajeros ajenos a la red del banco emisor se han mantenido prácticamente estables. Esta falta de ajuste reduce de forma progresiva el margen operativo de muchas ubicaciones y obliga a revisar supuestos que durante años se consideraron válidos.
En este contexto, algunas entidades han comenzado a replantear la gestión de su red de cajeros desde una lógica más integral.
La adopción de plataformas de gestión centralizada del autoservicio, capaces de monitorizar en tiempo real el estado de los dispositivos, anticipar incidencias técnicas y optimizar la gestión del efectivo, permite reducir de forma significativa los costes operativos asociados al mantenimiento reactivo y a la logística de valores. Este enfoque desplaza el foco desde la rentabilidad aislada de cada cajero hacia la eficiencia operativa del conjunto de la red.
El efectivo y su papel en el contexto mexicano
Esta dinámica ha llevado a que ciertos cajeros, especialmente aquellos situados fuera de zonas urbanas densas o de alto tránsito, se perciban como activos difíciles de justificar desde una lógica estrictamente financiera. Sin embargo, esta lectura omite un elemento central del contexto mexicano.
A pesar del crecimiento de los pagos digitales, el efectivo sigue desempeñando un papel fundamental en la economía cotidiana de millones de personas. En comunidades rurales, en segmentos de bajos ingresos y entre adultos mayores, el efectivo continúa siendo el principal medio de intercambio y, en muchos casos, el único plenamente accesible.
Cuando el acceso al dinero se vuelve más costoso
Cuando un cajero desaparece de una localidad, el impacto no se limita a la reducción de un canal de servicio. El acceso al dinero se vuelve más costoso en términos de tiempo, desplazamiento y seguridad personal.
Esta realidad, observada ya en otros países bajo el concepto de “desiertos de efectivo”, comienza a adquirir relevancia también en mercados emergentes, donde las brechas de infraestructura digital son más profundas sobre todo en zonas rurales.
Desde esta perspectiva, el cajero automático deja de ser únicamente un punto de retiro y se convierte en un elemento con implicaciones sociales que van más allá de su uso transaccional inmediato.
Un entorno regulatorio y reputacional en evolución
A nivel internacional, los reguladores han comenzado a reconocer el acceso al efectivo como un servicio esencial, introduciendo marcos que obligan a las instituciones a garantizar una cobertura mínima.
Aunque en México estas obligaciones aún no son tan explícitas, la tendencia apunta hacia una mayor supervisión y a una creciente sensibilidad pública frente a la exclusión financiera.
Para las instituciones financieras, este entorno implica un equilibrio delicado entre eficiencia operativa, cumplimiento regulatorio y percepción pública. La retirada desordenada de infraestructura puede generar ahorros en el corto plazo, pero también riesgos reputacionales y estratégicos en el mediano plazo.
La necesidad de una mirada diferenciada sobre la red
Persistir en el modelo actual sin ajustes estructurales implica riesgos crecientes. Los costos operativos seguirán aumentando, los equipos envejecerán y las decisiones postergadas tenderán a concentrarse en momentos de mayor presión externa.
En este contexto, resulta clave reconocer que no todos los cajeros cumplen la misma función ni deben evaluarse con los mismos criterios. Algunas ubicaciones responden a lógicas de volumen y eficiencia, mientras que otras cumplen principalmente objetivos de cobertura, inclusión o cumplimiento. Tratar a la red como un conjunto homogéneo limita la capacidad de tomar decisiones informadas.
Esta diferenciación exige también herramientas tecnológicas capaces de soportar modelos operativos diversos. No todos los cajeros deben cumplir la misma función ni ofrecer los mismos servicios.
En determinadas ubicaciones, la evolución hacia redes de cajeros automáticos multifunción, capaces de gestionar depósitos, pagos, reciclaje de efectivo o incluso interacciones asistidas, permite aumentar el uso de la infraestructura existente y mejorar la experiencia del cliente, sin necesidad de reforzar la red de sucursales tradicionales.
Tecnología y modelos operativos como palancas de ajuste
La adopción selectiva de tecnologías como el reciclaje de efectivo, el mantenimiento predictivo o la ampliación de servicios disponibles en los cajeros ha demostrado, en distintos mercados, que es posible mejorar de manera significativa la ecuación económica sin sacrificar el acceso.
De igual forma, la revisión de los modelos operativos, incluyendo esquemas de colaboración con terceros o con comercios locales, abre alternativas para reducir costos estructurales y aumentar la utilización de la infraestructura existente, siempre que se apliquen con criterios claros y basados en datos.
En este ámbito, proveedores especializados como Auriga han desarrollado plataformas de software omnicanal que permiten a las entidades financieras transformar el cajero automático en un nodo activo de la estrategia digital.
Soluciones de este tipo integran la gestión del efectivo, la monitorización proactiva de la red y la ampliación de servicios de autoservicio sobre una infraestructura bancaria escalable, facilitando un equilibrio más sostenible entre costes, cobertura territorial y calidad de servicio.
Una decisión que va más allá de lo técnico
En última instancia, el debate sobre los cajeros automáticos es menos técnico de lo que parece. Se trata de una decisión estratégica que conecta eficiencia operativa, responsabilidad social y visión de largo plazo.
Las instituciones que logren integrar estas dimensiones estarán mejor preparadas para enfrentar un entorno en el que el efectivo, lejos de desaparecer de forma inmediata, seguirá coexistiendo con los canales digitales.
Gestionar esa coexistencia de manera consciente será clave para garantizar tanto la sostenibilidad económica de las redes de cajeros como el acceso al dinero en una economía que todavía depende de él más de lo que a veces se reconoce.
Desde esta perspectiva, la modernización de la red de cajeros no puede abordarse como una decisión puramente tecnológica ni como un simple ejercicio de reducción de costes o para aumentar la rentabilidad.
Requiere una visión de largo plazo que combine transformación digital, gestión eficiente del efectivo e inclusión financiera, apoyándose en plataformas que permitan evolucionar el modelo sin comprometer la seguridad, la resiliencia ni la confianza del cliente

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